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Los colores de la vida

Dime si alguna vez tu corazón abrió las puertas del alma y se dejó vencer por la inmensa alegría que reina en su jardín.
Es cierto, es tu corazón tan frío como la hiel, tan desierto como el Sahara. Así pretendes juzgar a quienes te rodean. Tu justicia se hunde en el odio y el rencor eterno a los que pisan el camino del amor en la búsqueda de esperanza.
Dicen que nacer sin amor es como no vivir, no existir en este mundo. Entonces tú no eres más que un alma vacía que vaga por el mundo oscureciendo el día e inundando con tus lágrimas la noche. No hay salvación para una pobre alma como tú, que no acepta salvación alguna. Permíteme pues, corazón inerte, quitar esa venda gris que oculta de tus ojos los colores de la vida.

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Con solo una sonrisa

Una noche de poesía acudí a tu encuentro armado con un libro de escudo y una rosa como espada, mas no era un dragón lo que mi corazón temía enfrentar, sino que tus labios profanaran mis oídos en un fútil intento por expresarte mi amor. Tomando como testigo a las estrellas crucé un largo río de incertidumbres para ir por ti. Al culminar el viaje yacía mi cuerpo inerte y palideciendo ante el umbral de tu puerta. Sin más afán que el de atravesar tu alma con la espada, mi mano tocó incesante los muros del castillo sin hallar respuesta alguna. Casi ahogado en lágrimas sorprendieron a mis oídos las campanadas del amanecer anunciando mi partida. De pronto las lágrimas se tornaron espuma y mi cuerpo comenzó a desvanecerse sin más tiempo que para enterrar mi espada a la entrada. Instantes previos a partir, mis ojos se cruzaron con los tuyos, que se notaban un tanto dormidos. Hice ademán de tomarte entre las manos, pero un rayo de sol me raptó súbitamente, dejando tras de mí el libro que tan celosamente guardaba bajo el brazo. Un soplo de viento abrió sus páginas dejando entrever una pequeña nota, que sin temor a equivocarme, decía:
“Darte mi amor es todo lo que puedo, pero tú puedes con solo una sonrisa desbordar mi corazón de alegría”.

¿Dónde está la Luna?

luna y sol

¿Dónde está la Luna? Esa dama hermosa que cobija bajo su manto tu delicada belleza.

Dónde está esa ninfa eterna por la que hoy lloran los poetas y sufren su partida los amantes. Responde tú, guardián de las estrellas, de las nubes y de la misma noche, ¿dónde está la Luna?

-La Luna ha decidido dormir bajo los rayos de aquel que calienta los corazones fríos y da esperanza a quienes mueren de pena.

Ese dios bienhechor que en los días surca el cielo, enmudecido de tristeza, ha tomado como suyo el amor de esa dama nocturna que bien guarda los secretos de fervientes pasiones.

Lluvia de amor

Anoche fue mi corazón testigo de uno de los momentos más apasionados de mi vida. Caían las lágrimas de Cupido y el cielo se abría paso para poder escuchar sus incesantes lamentos, al final de la calle una solitaria luz daba calor a una figura de persona que apenas veía. Sin pensarlo, corrí hacia un pequeño rincón donde solo el ruido de las gotas en el tejado rompía el silencio. Al rato, arribé a ese rincón y sin alzar la vista saludé a aquella persona que había sido atrapada por la misma desgracia. Enfoqué su rostro pero su mirada cegó mi corazón dejándolo adormecido por algunos segundos. Era sin dudas una angelical muchacha, cuyo rostro era blanco como la nieve, sus ojos parecían dos pedacitos de cielo flotando sobre las mejillas. Estaba seria, mas dejaba entrever los labios carmesí. Su cabello largo descansaba sobre un lado de la cara como un sinfín de hilos dorados. No tuve más que admirar aquella bella escultura de diosa y rendirme ante el amor.

En aquel momento impulsado por un fuerte latido del corazón tomé sus manos entre las mías y fue justo cuando un relámpago apartó las negras nubes dejando caer, sobre ese rinconcito donde ambos cuerpos huían de la lluvia, una descarga de flechas que al penetrar en la piel nacían de ellas bellas flores impregnadas de un exquisito perfume que brindaba luz al oscuro paisaje.

Así quedaron tallados por las manos de cupido esos dos amantes que sin profesarse jamás una palabra sus corazones se entregaron dejando huella de su amor para la eternidad.

Lágrimas del cielo

lágrimas el cieloAnoche mi corazón fue testigo de uno de los momentos más apasionados de mi vida. Era sin duda una noche fría. Caían las lágrimas de cupido y el cielo se abría paso para poder escuchar sus incesantes lamentos, al final de la calle una solitaria luz daba calor a una figura de persona que apenas veía. Sin pensarlo corrí hacia ese pequeño rincón donde solo el ruido de las gotas en el tejado rompía el silencio. Luego de un rato logré llegar, y sin alzar la vista saludé a aquella persona que había sido atrapada por la misma desgracia.
Tras saludar enfoqué su rostro, pero su mirada cegó mi corazón dejándolo adormecido por algunos segundos. Era sin dudas una angelical muchacha cuyo rostro era blanco como la nieve, sus ojos parecían dos pedacitos de cielo flotando sobre las mejillas. Estaba seria, mas dejaba entrever sus labios carmesí. Su cabello largo descansaba sobre un lado de la cara como un sinfín de hilos dorados. No tuve más remedio que admirar aquella bella escultura de diosa y rendirme ante el amor.
En aquel momento impulsado por un fuerte latido del corazón tomé sus manos entre las mías y fue justo cuando un relámpago apartó las negras nubes dejando caer, sobre ese rinconcito donde ambos cuerpos huían de la lluvia, una descarga de flechas que al penetrar en la piel nacían de ellas bellas flores impregnadas de un exquisito perfume que brindaba luz al oscuro paisaje.
Así quedó tallado el amor en nuestros corazones por las manos de cupido dejando huella de ello para la eternidad.

Los jóvenes amantes (I)

La noche es la confidente de los jóvenes amantes. Ella brinda parte de su cielo para cobijarlos. Bajo su manto estrellado duermen los jóvenes amantes tranquilos sabiendo que ningún cazador vendrá a cazarlos, que solo flores y poemas invadirán sus sueños, que a su lado siempre habrá un pobre poeta desdichado escribiendo sus líneas a la plateada luna y sus pequeñas niñas.

Allí duermen los jóvenes amantes, sin más temor que el de ser despertados por los rubios rayos del gran DIOS.

La calle del amor

 

La calle del amorVoy caminando de noche por una vieja calle; no hay lámparas ni luciérnagas; de la fuente ya no brota aquella dulce agua de cuando te conocí, y los angelitos que en ella viven han decidido odiarse para siempre.

Sigo atravesando la sombría alameda, invadiéndome la culpa, la tristeza, el odio y la agonía que antes no tenían cabida en la calle del amor. Me detiene un anciano que, cual Dios, me dice: “Es tu culpa, regrésala, y regresa a todos la felicidad que se llevó al marcharse”.

Casi llegando al final del horizonte, tu rostro gobierna mis pensamientos, y de pronto un resplandor -solo igualado por la luz del Sol- se asoma entre las montañas, tapando la noche.

La calle del amor 2Una silueta de mujer resurge de la nada, trayendo consigo felicidad, armonía, amor y todos los buenos sentimientos que una vez robó. Se me acerca y susurra: “Ten, hazlos tuyos para siempre”.

De pronto, el seco jardín floreció. El anciano llenó su cuerpo de vida, le salieron majestuosas alas; empuñó en la diestra un hermoso arco dorado, mientras en la espalda cargaba una docena de flechas largas que en la punta llevaban corazones, uno de los cuales tenía grabados tu nombre y el mío.